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La herida de rechazo - Volver a Ser Tu

LA HERIDA DE RECHAZO

Cuando experimentas rechazo en tu infancia, se queda grabado en tu interior que no eres válida, que no eres merecedora de atención y cuidados, que no puedes confiar. Y mucho menos hacerlo en ti misma pues, si te rechazan es porque algo en ti no está bien.

Quizá no eres muy consciente ahora de esta dinámica. Pero está ahí, en mayor o menor medida, y si indagas un poco, podrás observarla. Te invito a que utilices tu curiosidad innata para explorar esta parte de ti, sin juicios, sin críticas. Solo ver qué pasa.

Cuando sientes rechazo, del tipo que sea, aprendes a silenciar tu voz poco a poco. Vas apagando tu chispa, tu luz. Y ese espacio se va llenando de dudas, de inseguridad, de falta de confianza, confusión o falta de claridad sobre la realidad que vives y que deseas para ti.

Es una de las primeras heridas que nos marcan, que nos dejan huella. La herida de rechazo. Y tiene todo que ver con cómo vivimos e interpretamos la realidad.

TU ÚNICA TAREA EN EL MUNDO ES SER TÚ MISMA

La herida de rechazo a menudo está vinculada a un trauma de desarrollo, como un conjunto de vivencias y experiencias que quizás no son muy intensas, pero sí muy frecuentes. Y es esta frecuencia la que va reafirmando esa idea. No obstante también se da en traumas debidos a sucesos concretos que, por demasiado intensos o demasiado rápidos no han podido ser integrados por nuestro sistema nervioso.

Durante la primera infancia, tu única tarea en el mundo es ser tú misma  y lo pones en marcha absorbiendo las sensaciones internas y externas que percibes y expresándote a través de emociones (gestos, lloros, sonrisas, gritos…). Esto te hace especialmente vulnerable a cualquier situación que implique rechazo, pues de forma automática lo asocias a que lo que eres, que es lo único que puedes hacer, no es aceptado o validado. Es especialmente intenso si proviene de la figura materna y/o el cuidador principal, pues sin ella no puedes sobrevivir.

Tu capacidad de razonar y comprender los sucesos no está aún desarrollada. Comienza su desarrollo desde aproximadamente los 5 años y va evolucionando poco a poco hasta concluir en la edad adulta.

Esto favorece que la información que sientes, para bien o para menos bien, se quede grabada en tu memoria emocional y celular, cuyo acceso consciente resulta más limitado ahora como adulta.

EN LA PRIMERA INFANCIA APRENDEMOS POR ASOCIACIÓN SIMPLE

Hay una necesidad básica principal y genuina al ser humano que es el apego. El apego es aquello que te hace sentir seguridad y que te permite relacionarte contigo misma y con los demás, así como salir a explorar el mundo. El apego lo aprendemos por lo que se conoce en psicología como condicionamiento operante o instrumental. Es decir, aprendemos por asociación de refuerzos positivos o negativos ante cualquier conducta.

Cuando percibes o interpretas rechazo en esta etapa, tu cerebro emocional automáticamente asocia eso con sentir que no eres válida. Es simple, no hay razonamiento posible, si tus necesidades no son cubiertas, de forma reiterada y por el motivo que sea, lo asocias inconscientemente a que no eres merecedora de ser atendida, de recibir cariño o amor.

Y esto te lleva a inhibir tus emociones, a silenciar tus necesidades, a hacerte pequeña. Hay algo dentro de ti que no está bien y por eso debes ocultarlo, para que las repuestas que obtienes del exterior sean positivas. Para que te quieran, para que te atiendan.

CREAR COHERENCIA ES UNA FORMA DE SENTIR SEGURIDAD

Cuando tu subconsciente cree en algo, crea una realidad en coherencia con eso que cree. De nuevo entra en juego la seguridad y la supervivencia. La coherencia lleva inherente la seguridad. Y necesitas sentirte segura en tu vida. Por eso construyes el mundo en coherencia con lo que eres, con lo que crees. Lo que tú eres es lo que proyectas. Es la ley de la atracción.

Esto se conoce en Psicología como Efecto Pigmalión, por el cual la influencia de las experiencias externas confirman nuestras expectativas de cómo creemos que somos (nuestras memorias emocionales y celulares) reafirmando y reforzando ese programa.

Por eso con el tiempo vas acumulando más vivencias de rechazo, en la familia, la escuela, con los amigos, en el trabajo… Cada experiencia, por mínima que sea, si conecta con tu  herida de rechazo, va reforzando el programa. Y cuanto más se refuerza ese programa, más situaciones se te presentarán para confirmarlo.

Como consecuencia del dolor que supone vivir el rechazo, eliges de manera inconsciente desconectarte de ti misma. Te proteges de cualquier daño que pueda reactivar la herida. A nivel físico tu sistema nervioso reacciona de forma automática a cualquier señal que implique esta sensación de peligro, pues en origen amenazaba tu supervivencia.

CONSTRUYES UN PERSONAJE PÚBLICO ALEJADO DE TU ESENCIA

Aprendes a buscar la aprobación externa, priorizas las necesidades de los otros incluso pasando por encima de las tuyas, creando relaciones con falta de equilibrio, codependencia, cambiando tu personalidad para adaptarte, dando mucho más de lo que recibes.

Puedes entrar en la hiperexigencia y el perfeccionismo, con la ilusión inconsciente e infantil de que solo así serás valorada y querida. Te fijas metas excesivamente elevadas y te esfuerzas cada día más y más por continuar, sin descanso. Evitando escucharte y escuchar a tu cuerpo que te grita que pares.

Silencias tu voz interior callándotelo que deseas y permitiendo que los demás dirijan tu vida. A menudo no sabes poner límites claros. Puede que ni siquiera sepas  bien cuáles son tus límites debido a la desconexión profunda que tienes de tus necesidades. Así en al menos un área de tu vida (sino en varias) te sientes pisoteada, invisible, bloqueada, sumisa, desconfiada, vacilante, estancada, caótica, indecisa, en definitiva, totalmente separada de ti misma.

Y sientes culpa porque una parte de ti cree que hay algo en ella que no está bien, que no funciona bien. Y sientes vergüenza porque toca tu parte más vulnerable. La parte que tanto ansias proteger queda al descubierto, desnuda, visible. Disponible para ser atacada.

Y en un intento de resolver todas estas inconsistencias, de encontrar solución a lo que vives y sientes, te comparas con los otros. Esto te lleva a sentirte  inferior, débil y a desconectarte aún más de ti misma. Puedes sentir inestabilidad o labilidad emocional al permitir que tus emociones dependan de lo externo, de los demás, de las situaciones que vives. Tener falta de claridad y de dirección sobre lo que haces, sobre lo que quieres. Apatía, falta de motivación, depresión.

Quizás no te permites disfrutar y te centras en exceso en todo lo que tienes que hacer o incluso no tienes del todo claro qué te gusta, qué te hace sentir placer. Por eso puedes llegar a desarrollar conductas evitativas con regularidad o incluso permanentemente (adicciones) con compras, juego, comida, trabajo, sustancias, alcohol, sexo…

Pero sobre todo observas una sensación permanente de insatisfacción, más o menos intensa, en una o varias áreas de tu vida. Por más que te esfuerzas, por más que consigues lo que creías que te aportaría felicidad, por más que haces, haces y haces, no te sientes llena, plena. Lo que alimenta el círculo vicioso de conductas evitativas.

La única manera de obtener respuestas es volviendo a ti. La única manera de volver a sentir satisfacción con tu vida es reconociendo y abrazando tus partes más vulnerables, pues esconden detrás una necesidad profunda que quiere ser satisfecha.

Con tiempo, paciencia y dedicación es posible el cambio para ser la soberana de tu vida, para volver a ser tú, lo que eres, sin condicionamientos, sin creencias limitantes.

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